5 de junio de 2017

¡OJALÁ HUBIERAN MÁS LOCOS COMO USTÉ, DON ZENÓN!

   Otro dialogo más en un libro de nuestro querido escritor que permite vislumbrar un -quizás- futuro y sorpresivo amor entre dos graciosos personajes de la historia.
   En este caso don Zenón y Carolina, tutor y tutelada, recorren los campos aledaños a su estancia cordobesa, y él no aguanta más una emocionante declaración que tiene su corazón embelesado. Pero lo que él tímido estanciero Zenón no sabe es que su corazón hilvanó una profundísima analogía entre la creación y la música de manera no poco poética.
   Resulta que al comparar el cielo con una maravillosa armonía que algunos pueden escuchar, también nos dice que, por lógica, hay un Gran Músico que compuso tal melodía, el cuál se deja conocer por sus obras musicales... ¡Y claro! ¿Cómo no vamos a estar sufriendo esta gran apostasía si la gente ya no "escucha las estrellas"?
   ¿Quién diría que la forma de volver a recobrar una fe auténtica sería tirando los televisores a basura? ¿O los teléfonos? Salgamos a los campos y  montañas; a los ríos, lagos y lagunas; a los bosques y desiertos. Escuchemos al Señor. Estamos a tiempo de curar nuestra ceguera, sordera, parálisis y toda enfermedad que fue pronosticada hace 21 siglos por un Médico Divino. 
   ¡Ojalá hubieran más locos como usté, don Zenón! 




   -Tienes razón; no debe importarme nada. Además eso me ha proporcionado un inmenso placer: oírte en plena montaña, casi en el desierto. Has cantado como una estrella.
   -¿Una estrella de cine?
   -No, una de mis estrellas.
   -¿Qué estrellas tiene usted?- preguntó ella vivamente.
   Él sonrió con melancolía.
   -Las estrellas del cielo cordobés. Cuando las contemplo en una de nuestras noches increíbles de sonoridad y pureza, me considero músico, gran músico, y no soy más de que un repetidor de lo que ellas inspiran a quien sabe escucharlas. Más de una vez he acudido al órgano para repetir lo que creía oír. Y cuando callan hay que mirarlas y oírlas con los ojos, porque su silencio no es menos melodioso que su canto inefable. Tengo para mí que la música es la confidencia de las estrellas. Pero no la comprenden todos.
   -Yo he pensado eso mismo que usted -respondió Carolina-, y nunca lo he dicho, porque me habrían creído delirante o loca.
   -Por eso no lo digo yo... -y prosiguió así: La música es orden, es decir, armonía. No hay nada más armonioso y ordenado que las estrellas. Una estrella vendrá, dentro de cien años, a su hora, a colocarse ella misma donde hoy la vemos, en las insondables profundidades del cielo. De la misma manera, una nota, en una larga sinfonía, vendrá puntualmente, con igual intensidad y el mismo color a ocupar su lugar, todas las veces que un artista ejecute una pieza y en el momento que las colocó su creador. Mas para entender las confidencias de las estrellas, hay que saber escucharlas con los ojos, como los maestros de la música saben sentir silenciosamente, en el papel que leen, la hermosura de una partitura que nadie toca. Porque la música no está en los instrumentos, está en nosotros mismos...
   Carolina no dijo nada, pero pensó que su tío quizás era más loco que ella. Y eso le gustó. Él se sonrió y propuso:
   -¿Volvemos? Hemos andado ya una hora larga.



   Este diálogo recuerda a la bellísima canción del Coronel Day:




(Wast, Hugo. ESTRELLA DE LA TARDE. Obras completas, Tomo II, p. 1171-1172 - 1° ed.- Ciudad Autónoma de Buenos AiresGladius 2013.)

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