Nos invaden tantos estudios de la Universidad de Yale, de Cambridge, de Harvard, y de no se qué otras universidades extranjeras, los cuales dogmatizamos porque traen el nombre en inglés. Y no es que sean patrañas esos estudios -no descarto que varias lo sean- pero es que no los necesitamos. Lo más importante: no necesitamos una explicación, avalada por algún estudio científico, que quiera decirnos el porqué de nuestro "sentir", tan humano.
Referido al texto de "Novia de vacaciones": no queremos que venga un grupo de doctores sabiondos a desglosar los párrafos que estan misteriosamente escritos en el libro -cerrado- de nuestro corazón. ¡No aclares que oscureces!. Preferimos ignorar el porqué del paradójico "volvió a su alma la dulzura de las horas melancólicas".
Que regocijantes son esos momentos en que disfrutamos la melancolía en la cual se sumerge nuestra alma. Cuenta San Agustín que, luego de buscar tanto a Dios en las cosas exteriores, lo terminó encontrando en su interior. ¿Será entonces que la melancolía nos hace volver a nostros mismos, y en ese volver al jardín de nuestra alma encontramos a Alguien que nos estaba esperando?
Estar en el mundo, sin ser del mundo, es tarea difícil para quien no sabe la forma de hacerlo. Es necesario volver a nuestro interior, no como hacen y enseñan las doctrinas antropocentristas: a encontrarse con uno mismo. Hay que volver al jardín de nuestro corazón porque allí habita el Señor, que nos educa y nos consuela, que nos reta y abofetea, y que nos premia y besa también. Pero sobre todo, el Señor nos espera siempre para "perder el tiempo" con nosotros, nos espera simplemente para estar.
Dichosa la persona que es visitada por la melancolía frecuentemente, y sabe usar correctamente de ese estado. Pero mucho más dichosa la persona que, sin importar su estado de ánimo (estado del alma), vuelve frecuentemente sobre su propio corazón para encontrarse con quien lo espera ansiosamente para estar...
Viendo las rosas y los jazmines que se doblaban al peso de la lluvia, como si estuvieran tristes; y los azahares que nadaban en los charquitos del jardín, dando vueltas hasta llegar al canal que se los llevaba a la calle, y la congoja del día opaco, volvió a su alma la dulzura de las horas melancólicas.Siempre le pasaba así; cuando estaba en contacto con el mundo, con ese mundo que la rodeaba , que la acosaba, que la empequñecía, sentíase mala; pero cuando el mundo se desprendía de ella, y la dejaba entrar en su alma, y encerrarse con sus pensamientos, y sondear el mar de dolor y de vida que había en su corazón, se sentía buena, buena...
En los días claros y lujosos, su ser se disolvía en la atmósfera; en los días grises, se anegaba en los recuerdos.
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