En el último post presentado (http://hugowast.blogspot.com.ar/2016/10/quien-podra-explicar-los-misterios-que.html) encontramos que Angelina, la "novia de vacaciones", disfrutaba los momentos en que, a solas, podía sambullirse y palpar la suavidad de su propio corazón, en donde nunca se encontraba sola.
Pareció acertado y providencial ese úlitmo esbozo acerca de la importancia de adentrarse en el jardín del corazón, ya que al correr unas pocas páginas del mismo libro, aparece Don Anselmo Paganini, un sacerdote de Dios, dándonos una lección acerca de la paz característica del corazón de los humildes.
Pareció acertado y providencial ese úlitmo esbozo acerca de la importancia de adentrarse en el jardín del corazón, ya que al correr unas pocas páginas del mismo libro, aparece Don Anselmo Paganini, un sacerdote de Dios, dándonos una lección acerca de la paz característica del corazón de los humildes.
Don Anselmo fijó en la niña sus ojillos cariñosos, ojos cándidos, hechos más a mirar las almas que las cosas del mundo, y como si a pesar de su inexperiencia hubiera adivinado que también había tristezas en el fondo de aquella alma joven, golpeó paternalmente con su mano de viejo, metida en la manga del saco, la mano que Angelina había dejado sobre el brazo del sillón puesto a la cabecera de la cama.
Y con aquella ciencia, aprendida más en la oración que en los libros, le dijo la santa palabra:
-Bienaventurados los sencillos, porque ellos tendrán mucha paz, ha dicho el Señor. Asegura San Francisco de Sales que cuando Dios nos prueba con la adversidad, es porque nos destina a cosas grandes en este mundo o en el otro. Pero hemos de aceptar la adversidad sin averiguar qué cosas sean. Las cosas del mundo no son ni tristes ni alegres; son los corazones los alegres o tristes. Por eso son vanos los consuelos, cuando la verdadera paz no está en el alma. ¿Y cómo hemos de hallarla en las cosas exteriores cuando no la tenemos en nosotros? ¿Qué vale una palabra de paz si en nuestro espíritu está la guerra? Mi paz está con los humildes y mansos de corazón, ha dicho el Señor; tu paz consiste en mucha paciencia. Paciencia, hija mía; paciencia para soportar las adversidades, las caídas, las injusticias, los juicios de los hombres… ¿ Qué son las palabras de los hombres, las palabras dolorosas que nos lastiman cuando estamos llenos de los afanes del mundo, pero que se rompen como pajas cuando mora en nosotros el verbo de Dios? Si nos hieren es porque aun somos carnales y hacemos de los hombres más caso del que conviene. Buenas son las tribulaciones, buenos son los dolores, buenas son las amarguras de la vida, porque nos recuerdan que vivimos desterrados y nos enseñan que no debemos poner nuestra esperanza en cosas de la tierra. Cuando el hombre de buena voluntad se ve atribulado, conoce la necesidad que tiene de Dios, sin el cual nada puede. Hija mía, edifica tu alegría en tu conciencia, y cuando el mundo te hiera, cuando los hombres te juzguen con injusticia, cuando tu espíritu se abata o se rebele, en vez de buscar el consuelo en los otros, búscalo en ti, en el secreto de tu corazón, donde estará tu alegría. Bienaventurados los sencillos, bienaventurados los humildes, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que aman, porque mucho hace el que mucho ama.
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| "Las cosas del mundo no son ni tristes ni alegres; son los corazones los alegres o tristes." |
Y con aquella ciencia, aprendida más en la oración que en los libros, le dijo la santa palabra:
-Bienaventurados los sencillos, porque ellos tendrán mucha paz, ha dicho el Señor. Asegura San Francisco de Sales que cuando Dios nos prueba con la adversidad, es porque nos destina a cosas grandes en este mundo o en el otro. Pero hemos de aceptar la adversidad sin averiguar qué cosas sean. Las cosas del mundo no son ni tristes ni alegres; son los corazones los alegres o tristes. Por eso son vanos los consuelos, cuando la verdadera paz no está en el alma. ¿Y cómo hemos de hallarla en las cosas exteriores cuando no la tenemos en nosotros? ¿Qué vale una palabra de paz si en nuestro espíritu está la guerra? Mi paz está con los humildes y mansos de corazón, ha dicho el Señor; tu paz consiste en mucha paciencia. Paciencia, hija mía; paciencia para soportar las adversidades, las caídas, las injusticias, los juicios de los hombres… ¿ Qué son las palabras de los hombres, las palabras dolorosas que nos lastiman cuando estamos llenos de los afanes del mundo, pero que se rompen como pajas cuando mora en nosotros el verbo de Dios? Si nos hieren es porque aun somos carnales y hacemos de los hombres más caso del que conviene. Buenas son las tribulaciones, buenos son los dolores, buenas son las amarguras de la vida, porque nos recuerdan que vivimos desterrados y nos enseñan que no debemos poner nuestra esperanza en cosas de la tierra. Cuando el hombre de buena voluntad se ve atribulado, conoce la necesidad que tiene de Dios, sin el cual nada puede. Hija mía, edifica tu alegría en tu conciencia, y cuando el mundo te hiera, cuando los hombres te juzguen con injusticia, cuando tu espíritu se abata o se rebele, en vez de buscar el consuelo en los otros, búscalo en ti, en el secreto de tu corazón, donde estará tu alegría. Bienaventurados los sencillos, bienaventurados los humildes, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que aman, porque mucho hace el que mucho ama.
Angelina escuchaba en silencio, y recibía aquellas palabras de vida como la tierra seca recibe el agua del cielo.
Entró en su alma la verdad y trocó su espíritu rebelde a las injusticias del mundo, con el espíritu manso que animaba las palabras del anciano, y comenzó a edificar su alegría en sí misma.
Y una profunda paz, la paz de los humildes, llenó su corazón como una ola de verdad y de amor.
Entró en su alma la verdad y trocó su espíritu rebelde a las injusticias del mundo, con el espíritu manso que animaba las palabras del anciano, y comenzó a edificar su alegría en sí misma.
Y una profunda paz, la paz de los humildes, llenó su corazón como una ola de verdad y de amor.

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