5 de agosto de 2016

EL ÚLTIMO SECRETO


   Hugo nos relata de manera conmovedora, en su corta experiencia de novelista, la piadosa forma en que dos niños se topan con la muerte.
-A Margarita le toca ser la protagonista de este encuentro con la muerte, siendo tan sólo una niña. Pero nada tiene que ver su edad, pues sabe abrazarla con resignación, ya que le fue concedida la Gracia de aceptar en paz su mudanza a la Patria Celestial.
-Alegre no es el protagonista de este encuentro, pero quizás fue su parte la más difícil de aceptar. Él se quedaría sólo en este valle de lágrimas a partir de este momento.. Cuando el alma de una persona queda enlazada a la de otra por medio del amor, no hay dolor más grande que perderla. Lo expresa muy bien Hugo cuando dice que "..no hay en el mundo entero un silencio más impresionante que el de un corazón cuya voz conocemos y que ha cesado de latir..".

   En cuanto su proa tocó la opuesta orilla , el negrillo se lanzó a tierra, saltó la verja del parque, subió como un torbellino la escalinata del vestíbulo, y trémulo, sin pedir permiso a nadie, entró de golpe en el cuarto de su amiguita.
   ¡Cielo! ¿Qué vieron sus ojos? ¿Por qué no cegó antes de ver aquello?
   Tendida sobre la cama, estaba la chiquilla, más blanca que las azucenas que la rodeaban y que los lirios que le ceñían la frente, enredados en sus bucles de oro.
   No había nadie en aquél momento. Alegre se acercó temblando a su amiguita. ¿Dormiría?
   Tocó sus manecitas: estaban yertas; sus mejillas blancas y frías como el mármol de las estatuas del jardín; su boquita, sonrosada apenas, no dejaba escapar un soplo de vida; sus ojos cerrados. Pero no dormía.
¡Mi Flor del Aire! ¿Entonces, es verdad que te has ido? Pero ¿por qué te has ido dejándome aquí?
   Alegre dió un grito.
   -¡Muerta!
   Y loco, delirante, se arrojó sobre ella, la estrechó contra su pecho, la besó en la frente, en los labios, en los ojos; en aquellos ojos azules como las campanillas de los suspiros; en aquellos ojos cuyos fulgores lo habían deslumbrado, y que a la sazón estaban cerrados para siempre.
   Le dio mil besos, como si el calor de ellos pudiera despertarla de aquél lúgubre sueño.
   -¡Margarita! ¡Mi Flor del Aire! ¿Entonces, es verdad que te has ido? Pero ¿por qué te has ido dejándome aquí?
   Y, dudando todavía, apoyó la cabeza sobre el pecho de su amiguita, como en la noche del Peñón de las Gaviotas.
   No hay en el mundo entero un silencio más impresionante que el de un corazón cuya voz conocemos y que ha cesado de latir.
   Alegre alzó la cara, asustado de que en aquél pequeño pecho pudiera pudiera caber un silencio tan grande.
   Vio a Clara junto a él, que le decía acariciándolo:

   -Ayer, a la media noche, yo estaba sola con ella. Me había dormido en el sillón y ella se despertó, me pidió agua y me dijo que quería rezar para que Dios le perdonara sus pecados, porque se iba a morir. Hablaba como una persona grande, sin miedo a la muerte. No quiso que avisara a nadie, y rezamos las dos muchas oraciones que ella me hacía leerle en su librito de misa. Me hizo prometerle que hoy, llamaríamos al señor cura del pueblo, para que la confesara y le trajere la comunión. Se quedó tranquila, y pareció dormirse. Yo la estaba mirando. De repente abrió los ojos, se sonrió como un ángel, y me dijo: "Alegre no tiene la culpa de lo que ha pasado. Yo fuí la que quiso ir al mar... Y yo era la capitana de la Gaviota, ¿sabes, Clara? Yo mandaba y él obedecía... Él me quiere mucho, y yo también; y desde el cielo le voy a pagar lo que ha hecho por mí, cuidándolo para que sea siempre bueno..." Se quedó callada, y cerró los ojos. Yo bajé la luz de la lámpara; quería que se durmiese, y no le habñé más. Al rato, extrañada de aquella actitud, tan rara en ella, la toqué y la encontré fría ya... ¡No la olvides nunca, Alegre, porque ella te ha querido hasta el último minuto de su vida! Bésala, por última vez, y no vuelvas más, porque te harán sufrir...
   El muchacho dijo un secreto al oído de su amiguita muerta, la besó en los ojos cerrados para siempre y salió de la casa.
   Tell lo seguía, gimiendo lastimeramente.






(Wast, Hugo. ALEGRE. Obras completas, Tomo I, p.155-156 - 1° ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Gladius 2013.)

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