Y así era. Venía de la Cumbre, cuatro o seis leguas atrás, adonde fue el día antes para una confesión.
En treinta años de jabonar almas de paisanos había enjuagado muchas suciedades, pero ninguna encontró jamás tan percudida con tan mezquinos pecados como la que esa tarde despachó a la gloria cristianamente pensando.
Era una ricacha porteña, instalada en las sierras hacía dos o tres años, por prescripción médica.
Muchas obras buenas tenía en su haber, muchas caridades, pero de esas caridades hechas coram gentibus, como decía don Filemón, desvirtuadas por la vanidad que las inflaba, vanidad de aparecer generosa más que nadie, dando mil, solo porque otros dieron cien.
- Que tu mano derecha ignore lo que hace tu izquierda –gruñía don Filemón, cuando la enferma le contaba sus muchas larguezas.
Además, había en ella un apego desmedido a as cosas del mundo y horror excesivo a la muerte, cuyo solo nombre la hacía prorrumpir en gritos que crispaban los nervios de los que la rodeaban.
Un día entero había pasado el cura esperando que espontáneamente pidiera confesión. Rodeábanla los deudos complacientes, para impedir que don Filemón entrara directamente en la ardua cuestión con riesgo de espantar a la enferma; y él, que veía aquella estúpida prudencia humana delante de la muestre que avanzaba, se sentía en ascuas.
Al fin no pudo más y dijo resueltamente:
-Señora, ¿quiere usted confesarse? Cuando uno está en estos trances, bueno es tener el pingo ensillado, por lo que potest contingere.
-¿Jesús, padre Rochero! ¡No diga eso! Yo no me pienso morir. Dios no puede permitir tamaña injusticia: yo soy joven y hago mucha falta. Mire, padre, le he prometido a la Virgen de Dolores, si me cura, hacerle este verano una iglesia mejor que la que tiene. Porque yo no me quiero morir, ¿qué sería de tanto pobre sin mí? No quiero, no puedo morir... ¡Jesús!
-Y, sin embargo, señora -acabó por gritar sulfurado el cura-, ¡se está usted muriendo a chorros!
Los espantados deudos que oyeron tamaña impertinencia, se agruparon en tropel, creyendo que la enferma se habría muerto de la impresión.
Y, sin embargo, aquella saludable franqueza logró más éxito que todas las tímidas insinuaciones anteriores.
-¡Vamos! -murmuró el cura secándose el sudor que le había hecho brotar el esfuerzo-, ya he agarrado la hebra; ahora todo se va a ir como lista de poncho.
Y, efectivamente, tras breve debate, un sincero espíritu de humildad y de resignación entró en el alma de la moribunda que, como si le hubieran trocado el corazón, desde ese momento miró las cosas del mundo con un sigular despego.
-Señora -decía don Filemón como un supremo consuelo-, la injusticia habría sido que usted se fuera al infierno teniendo un cura al lado. Pero de esta hecha ha cambiado de rumbo.
Fallecida la enferma, mientras rezaba un responso, hizo don Filemón que le ensillasen la mula, y poco después, envuelto en un poncho de vicuña, más impenetrable al agua que todos los impermeables ingleses, se largó al galope hacia sus pagos, lleno de alegría por haber rescatado un alma.
Post comentando al libro citado: http://librosypocomas.blogspot.com.ar/2010/01/flor-de-durazno.html
Cortesía de Pablo P.

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