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| "Dentro de un instante vais a tener en vuestros pechitos al Niño Jesús, que es el Rey del mundo y de los cielos. Guardadlo bien para que nunca se vaya" |
A las ocho y media en la capilla de la buena muerte, en la iglesia del Salvador, que está espléndida de luces, por el día de la Asunción, el Padre Arnáu llega al altar revestido de blancos ornamentos.
Jorge y Hugo, de pie en sus reclinatorios, porque son demasiados pequeños para hincarse sin desaparecer, hojean sus devocionarios. Alguna cosa pesca Jorge de las oraciones que deletrea devotamente, mientras Hugo mira las figuras y de cuando en cuando me envuelve en una de sus sonrisas esplendorosas.
Cuando suena la campanilla del sanctus, un gran silencio cubre la capilla como una ola majestuosa. Los corazones presienten el instante divino en que bajo las palabras omnipotentes del sacerdote, el pan va a transformarse en la carne real y verdadera de Cristo.
Oigo a Jorge que lee a tropezones: “¡Santo, santo, santo, Señor Dios de los ejércitos” … y siento los golpes de pecho de una viejita mendiga que en uno de los escaños oye la misa al lado de su hijo ciego. Cuantos van a esa iglesia deben de conocerla, porque hace años y años que llega conduciendo al pobre hombre alelado, ciego y semiparalítico, y después de oír misa y comulgar se sitúan los dos en la puerta principal, a la espera de alguna limosna.
Pasa la elevación comulga el sacerdote y a todos embarga la indescriptible emoción de que ha llegado el momento tan soñado por mis dos hijitos. Nos acercamos al comulgatorio: Hugo al lado de su madre, Jorge al lado mío.
El Padre Arnáu abre el sagrario y saca el copón, y dejándolo sobre el ara se vuelve hacia nosotros para hacernos, mejor dicho, para hacerles a los dos pequeños protagonistas del gran drama una tierna alocución.
Ningún discurso, ningún sermón me ha llegado tanto al alma tan profundamente como esas palabras sencillas, dichas sin énfasis y con amor.
El Padre llama por su nombra a los dos niños y les dice:
-Dentro de un instante vais a tener en vuestros pechitos al Niño Jesús, que es el Rey del mundo y de los cielos. Guardadlo bien, para que nunca se vaya. Todo le podéis pedir, porque es el dueño de todas las cosas. Pedidle especialmente ser siempre buenos. Pedidle por vuestra mamá, para que pueda educaros bien, a vosotros y a vuestros hermanitos. Pedidle su favor para las empresas de de vuestro papá, que son fundamentalmente cristianas. Pedidles por la Patria y por los que la gobiernan; pedidle por el mundo. Y, finalmente, pedidle por este pobre sacerdote, para que mis trabajos prosperen para la mayor gloria de Él y de las almas.
(…)El Padre Arnáu tiene los ojos llenos de lágrimas, y creo que no hay en la capilla nadie cuyo corazón haya permanecido indiferente a la misteriosa efusión de aquellas palabras.
Bendícenos con una cruz, retorna al altar, toma el copón con la mano izquierda y cogiendo una hostia con el pulgar y el índice de la derecha se vuelve otra vez a nosotros y en alta voz repite las palabras del Centurión, el pobre soldado romano que fue a Jesús a pedirle que con una sola palabra curase a su criado que estaba paralÍtico, y Jesús le respondió que iría hasta su casa, y el Centurión no se creyó digno de tan inmenso honor:
¡Domine non sum dignus! “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero dí una sola palabra y será sano mi siervo”.
Y Jesús, maravillado, dijo a sus discípulos: “Verdaderamente os digo que no he hallado fe tan grande en Israel.” Y al Centurión: “Ve y como creíste, así te sea hecho”...
Un momento después el Niño Dios ha entrado real y verdaderamente en la boca pura de mis dos hijitos, que han debido comulgar de pie, y que vuelven a su reclinatorio, con las manitos juntas y los ojos bajos, poseídos de una solemne y misteriosa solemnidad."
Cortesía de Pablo P.

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